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DÍA 4 – Mykonos y Delos

Posted by on 27/07/2008 in Diarios de viaje, Europa, Grecia, Grecia | 0 comments

DÍA 4 – Mykonos y Delos

Share This: “Ruinas visitando ruinas” Primera resaca del viaje! He olvidado decir que yo soy muy de resacas (sí, además de algo borracho, estúpido)… menos mal que me acompañaba mi amigo el ibuprofeno, que nunca me falla. Si os habéis fijado en las contraindicaciones de las botellas de alcohol, por detrás pone con letra chiquitita: “Ojo: no mezclar con visita a ruinas bajo el mismo calor que grados de alcohol contenga esta botella”, pero nosotros creíamos estar por encima del bien y del mal así que nos vestimos, nos montamos en el bus a la capital, y allí cogemos el último ferry (a las 12:00) a Delos, con la solanera de la muerte. Antes, en el supermercado de fuera del camping, habíamos comprado unas monstruosas latas de comida… No se si lo he mencionado antes pero comprar latas en Grecia sale carísimo, alucinábamos con los precios de los supermercados y también con la calidad… tanto que nos comenzábamos a plantear muy seriamente comprar comida de gato… no podría ser mucho peor. La isla de Delos desde el barco Pero hablemos de Delos! Esta pequeña y árida isla cercana a Mykonos, para quien no lo sepa, se trata de una de las islas más sagradas de toda Grecia. La mitología reza que emergió como isla flotante hasta que el mismísimo Zeus la ató al fondo del mar para que en ella nacieran Apolo y Artemisa, y de hecho el culto predominante en la isla a lo largo de los siglos fue para con Apolo. Tanto es el carácter sagrado de esta isla que en el siglo V a.C. los Griegos promulgaron un decreto mediante el cual a partir de entonces nadie podría nacer ni morir en ella, ahí es nada. Incluso el nombre de “Islas Cícladas” le venía dado al archipielago por formar un círculo alrededor de la sagrada isla de Delos. Y allí que aparecimos nosotros, pamperipuestos -eso me lo he inventado- caminando por Delos arriba y abajo, haciéndonos el itinerario marcado por carteles con estacas y luego desviándonos de él intrépidamente y adentrándonos salvajemente por nuestra cuenta en las milenarias ruinas cual Livingstone llegando a las cataratas Victoria… (el tono irónico es debido a que la gente no se salía del recorrido marcado ni a tiros, como si hubiera minas antipersona fuera de él). Realmente el complejo de ruinas se visita rápido; no es excesivamente grande, su estado de conservación no es muy bueno y el sol hace que misteriosamente aceleres el paso. Tanto es así que en menos de 3 horas habíamos visto todo el conjunto (museo inclusive) y regresábamos al barco a las 15:30 para volver a Mykonos. Lo más destacable eran los famosos leones de Delos: una colección de estatuas de leones bastante deterioradas que se encontraban en el museo (había unas réplicas exactas en las ruinas, en su lugar original). Ruinas de Delos (sí, nosotros) Los leones de Delos Los idiotas de Delos En Mykonos de nuevo, fuimos a comprar billetes de ferry para el día siguiente. Queríamos ir a otras islas como Ios o Naxos (con queso) pero resultó imposible, estaba todo lleno. Así que decidimos que iríamos a Santorini directamente y luego a Creta. Hasta el momento dudábamos entre ir a Creta y Corfú o ir al Peloponeso, pero dado que sólo...

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DÍA 3 – MYKONOS

Posted by on 26/07/2008 in Diarios de viaje, Europa, Grecia, Grecia | 0 comments

DÍA 3 – MYKONOS

Share This: “La playa del mal” Nos levantamos a las 5:30 después de 2 miserables horas de sueño y salimos fuera con las mochilas, poniendo con sumo cuidado el pie en la acera por si estaban todavía las calles sin poner… Tras una pequeña caminata hasta la estación de buses que hay en el parque Areos nos montamos en el bus que nos llevaría al puerto de Rafina (2,30 €). Disponemos de una larga horaza de viaje para apreciar los paisajes oníricos de Atenas a Rafina, y no porque lo sean de verdad si no porque no le dimos tiempo ni a que arrancara el bus antes de desnucarnos los dos en el asiento. Ya en el puerto, a las 7:35 estabamos saliendo en nuestro ferry dirección Mykonos; encontramos unos asientos maravillosos en los que te podías tumbar, así que disfrutamos de otras 2 horas y pico de sueño (más que en el albergue, de hecho) y el resto del viaje lo subimos a cubierta a disfrutar del Egeo, las Cícladas y el sol, hasta que a las 12:30 atracamos en el puerto de Mykonos. Llegando a Mykonos Mykonos… no tiene nombre. Quitando el abrasante sol que nos castigaba (y que nos lo hizo pasar realmente mal con las mochilas a cuestas) la isla es un hervidero de cuerpos, fiesta, exhuberancia, músculos y estética. Era el turismo del culto al cuerpo, Durán ya hizo notar que debíamos ser los únicos barbudos de la isla. También hay que decir que caímos en uno de los sitios con más ambiente joven de la isla: “playa Paradise”. El sitio en si era un gran camping (también tenían pequeños cuchitriles) con una playa rodeada de varios garitos. Todo parecía sacado de una peli yanqui de efervescentes chavales; la verdad es que se veían unos cuerpos impresionantes, muchas gafas gigantes, multitud de top-less, una camarera en bikini que repartía chupitos de Jägermeister en la entrada, otra que iba con una escopeta de agua disparando a los presentes con una gran sonrisa en su cara, gente bailando subida encima de las mesas al atardecer, música electrónica tronando a casi cualquier hora… personalmente nunca había visto algo así, Durán encontró bastantes similitudes con Ibiza. Un sofá en la playa, no puede estar mejor pensado. En Paradise Beach, Mykonos Echamos el día en la playa, comida inclusive, y por la tarde encontramos en el pequeño supermercado de fuera del camping nuestra solución a los desorbitados precios de las barras: botella de litro y medio de vino por 5 euros. Excelente! Pasamos otro rato en la playa con el vino y después nos dimos una ducha y nos fuimos a la capital, tras los 20 minutos de rigor en el autobús (pasaba toda la noche y costaba 1,20€). La capital, Mykonos u Hora (como en más de la mitad de las Cícladas) es bastante bonita, es la típica pequeña localidad que te imaginas cuando te hablan de “islas mediterráneas”: estrechas y serpenteantes calles, casas encaladas con azules marcos, flores, plantas, color, pequeños rellanos, balconadas, escalinatas… y un laberíntico entramado de calles que te hacían perderte con pasmosa facilidad. Evidentemente, siendo la isla que es, toda esa magia quedaba un poco empañada por los cientos de turistas, el sinfín de tiendas de souvenirs, moda, restaurantes, joyerías… pero algo tendrán...

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Día 2 – Atenas

Posted by on 25/07/2008 in Diarios de viaje, Europa, Grecia, Grecia | 0 comments

Día 2 – Atenas

Share This: “Miles de años de historia nos contemplan (bajo un sol de justicia)” 9:00 a.m. Comienza a sonar el despertador, maldita sea. Nos levantamos con la firme intención de patearnos Atenas. Objetivo: Acrópolis y Ágora. Por la tarde nos deberíamos acercar al Pireo -el puerto de Atenas, a 30 minutos de la capital- para comprar unos billetes de ferry para el día siguiente. Bajamos callejeando desde el albergue, viendo como la ciudad ya ha despertado hace alguna hora, sus calles inundadas de comercios, el bullicio de gente que yendo y viniendo comienza su mañana… coincide además que la zona que atravesamos es una zona de pequeñas y modestas tiendas y mercados. Llegamos al Plaka, antiguo barrio turco de la ciudad, y desayunamos algo, tirados a la sombra del Ágora Romano junto al metro de Monastiraki; desde ahí comenzamos la ascensión de la Acrópolis, el mítico monte ateniense. La parte del Plaka que trepa por las faldas del monte es bonita: estrechas callejuelas serpenteantes y pequeñas casas pintorescas. Accedemos a la Acrópolis desde su cara norte y recorremos todo lo recorrible del complejo durante unas 3 horas. Qué voy a decir de la Acrópolis? No lo que hay, para eso ya está internet y las guías de viajes, pero sí mi impresión al menos: Me gustó bastante, pero no me fascinó. Quizás me falte ser un verdadero amante de la arqueología, de la historia antigua, de la Grecia Clásica… Pero es un sitio que ha de visitarse, desde luego, es la cumbre del mundo griego y una vez arriba es inevitable hacer un pequeño viaje en el tiempo e imaginarte allí hace casi 2500 años, haciendo eso que tanto nos gusta que es imaginar otros mundos y realidades. Eso sí, preparad 12 euros por la entrada completa. Caro teniendo en cuenta la reconstrucción, el andamiaje y el estado en general de todo el conjunto. Lo bueno es que con carnet de estudiante (aunque sea prestado, como en mi caso) es gratis; es la gran ventaja en Grecia, los estudiantes no pagan NADA en muchos de los recintos arqueológicos. Odeón de Herodes Ático, Acrópolis Fachada del Partenón Las famosas Cariátides... Tras la visita a la Acrópolis nos tiramos un rato en un parque del centro con unas cervezas, el calor es sofocante. Aprovechamos para descansar una hora o algo más tumbados en un césped a la sombra. Llegada la hora de comer (más bien el hambre) nos sentamos en una terraza a comer algo de comida rápida a un precio bastante asequible, mientras vemos el trasiego de griegos pasar por las calles peatonales en las que está la terraza, parece una zona bastante comercial. Por las calles Atenienses Tras comer seguimos dando paseos por las calles atenienses y antes de ir al Pireo hacemos una visita al Ágora, donde pasamos cerca de otras 2 horas recorriéndolo. Nos plantamos en el Pireo a media tarde y descubrimos con horror que los ferrys que queríamos coger van hasta arriba, no hay billetes. Pero tras buscar, debatir y analizar encontramos una alternativa: salir en ferry a Mykonos desde el otro puerto de Atenas –Rafina-, que está más lejos pero llega antes a Mykonos por estar en la costa Este, además de ser más barato. Genial, no? Arreglado, 20 euros por cabeza hasta Mykonos,...

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Día 1 – Atenas

Posted by on 24/07/2008 in Diarios de viaje, Europa, Grecia, Grecia | 0 comments

Día 1 – Atenas

Share This: “Hello, my name is Jesús, and I am from Spain” Aquí estoy, en Barajas, mi avión sale con 20 minutos de retraso. Destino: Atenas. Durán me espera allí desde mediodía, previo paso por Barcelona y haber perdido su bus Madrid-Barcelona anoche; yo llegaré a Atenas a las 23:30, el viaje ya dura sus buenas 3 horas y media a lo que hay que sumarle 1 más por la diferencia horaria. Incluso tengo la fortuna de, no sólo viajar gratis, si no además disfrutar de una cena en el vuelo, impresionante. El último vuelo que cogí fue algo más largo (4 horas a Estocolmo) y no nos dieron ni los buenos días. Aterrizamos en la capital helena y salgo rápido del avión, llegando el primero a las cintas de equipaje y coincidiendo en ese instante con mi mochila asomando por la cinta también la primera… nos hemos puesto de acuerdo! Yo creo que ya hay sincronía, feeling… el roce hace el cariño, ya se sabe. La recojo y salgo hacia fuera siguiendo los carteles que rezan “BUS”, hace buena noche en Atenas. Al salir me encuentro con el autobús a punto de partir, así que me acerco a la caseta a comprar por 3 eurazos el billete -que no llego a validar, ya que Durán me dijo que no había revisores- y al poco de subir arranca el bus, directo a Syntagma, una de las principales plazas de la ciudad. El trayecto dura una horaza, el aeropuerto Venizelos -el único de la ciudad- está realmente lejos, y la primera impresión que me llevo de la ciudad es que no me entero ni del NODO con los cárteles en griego… yo era de ciencias puras… que coño son esos triangulitos? Cómo que las “pes” son “erres”? Menos mal que de mi estancia en Rusia el año anterior saqué unas provechosas nociones de cirílico… que por supuesto están más que olvidadas. Bueno, realmente todo esto lo he puesto por rellenar un capítulo francamente corto, hay que decir que a los pocos días teníamos más que dominado el alfabeto griego, no tiene tampoco excesivo misterio. Tras un largo viaje llega el bus a Syntagma, cargo la mochila al hombro, bajo del autobús y … flash! fogonazo en toda la cara; Durán me espera en la acera cámara de fotos en una mano y birra en otra. Buen recibimiento, si señor. Echamos a caminar hacia Omonia (15 o 20 minutos), otra de las grandes plazas de la ciudad, mientras Durán me cuenta los infinitos paseos que se ha dado por la ciudad desde que llegó a mediodía, viendo cambios de guardia (y siguiéndoles), subiendo al monte Licabeto, etc… Nuestro albergue, llamado Lozanni, estaba cercano a Omonia, que según nos dijeron era una de las peores zonas de la ciudad, aunque nosotros no viéramos nada extraño salvo inmigrantes en la calle por las noches (suficiente para asustar a muchos). Este albergue creo que fue el más caro de todo el viaje, 25 eurazos. Y tampoco los merecía, la verdad. La entrada triunfal correspondió a Durán: nada más entrar en la habitación con varias literas, ante nuestras 2 compañeras canadienses que estaban tumbadas en la cama, pronunció un esmerado “Hello, my name is Jesús, and I am from Spain”. Eso es un chaval educado y lo demás...

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