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Tomando contacto con Mongolia

Tomando contacto con Mongolia

on 06/08/2007

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Domingo, 5 de agosto – día 9 (Cris)

Tenemos todo el día de tren por delante y nos levantamos con un poco de mal rollo por lo que ha pasado hace unas horas con la okupación de nuestros compartimentos y la actitud de los mongoles, pero, a lo largo del día, nuestra opinión sobre ellos va cambiando algo cuando conocemos a algunos.

El trayecto IrkutskUlan Bator no es excesivamente largo pero sí muy lento a causa de los trámites de fronteras. Pasamos más de tres horas parados en el último pueblo ruso y después paramos de nuevo en el primer pueblo mongol. Llegamos a perder la cuenta de la cantidad de papeles que tenemos que rellenar y que nos van repartiendo y recogiendo sin parar: fichas de salida/entrada, declaraciones de aduana, declaraciones sanitarias y formularios varios que no sabemos ni para que sirven. Además nos piden también el pasaporte y los visados: una persona lo pide, después otra lo sella… ¡una historia!

La revisión del tren es de película. Cuando echamos a la familia mongola del compartimento, yo lo revisé para que no se hubieran dejado algo que “nos pudiera perjudicar” si nos lo adjudicaban como nuestro, que éramos los ocupantes del compartimento: revisé debajo de los asientos y el compartimento de arriba y nada, vacío. Cuando subió la policía nos hizo salir del compartimento para revisarlo; a mi me preocupaba que nos deshicieran las mochilas porque ya sabemos los modales de la policía de fronteras, pero no, no era ese tipo de registro: la mirada a las mochilas fue superficial (ni las abrieron); sacaron herramientas y se pusieron a desatornillar una placa del techo y abrieron también el suelo; ¡estábamos flipando! ¡Si llega a haber algo ahí a ver como salimos de esa! Pero nada, sin problemas. Pudimos continuar nuestro trayecto hasta…

En el transmongoliano, con la casa a cuestas

Lunes, 6 de agosto – día 10

… que llegamos a Ulan Bator supuestamente a las 7.30 hora local. Llegamos con retraso, por supuesto, debido a los trámites en las fronteras. Al bajar allí nos está esperando Meende, nuestra guía de Selena Travel, con los que hemos contratado un tour por Internet. Nos lleva al aparcamiento de la estación donde nos están esperando dos furgonetas.

Llegando a Ulan Bator

Para empezar nos llevan a una colina con vistas a Ulan Bator. Es la típica ciudad caótica e industrial, con un tráfico infernal, donde se concentra la mitad de la población del estado. Supuestamente es la ciudad de las oportunidades tanto en el mundo académico como en el laboral y eso hace que reciba mucha inmigración procedente de la Mongolia profunda y tradicional.

En esta colina hay un monumento creado durante los años de influencia soviética, años en los que los mongoles tuvieron que cambiar su alfabeto por el cirílico, se destruyeron gran cantidad de templos y se contruyeron bloques que clara inspiración comunista.

Pero también en esta colina entramos en contacto con la realidad religiosa mongola, donde conviven budismo y chamanismo. Vemos la primera “owa”, un montón de piedras de carácter sagrado donde la gente ata bufandas de seda a modo de ofrendas y a la cual hay que dar tres vueltas, siempre en el sentido de las agujas del reloj, cogiendo piedrecitas de abajo y tirándolas a la parte alta del montón, algo que repetiremos hasta la saciedad a lo largo de nuestros días en Mongolia.

Afueras de Ulan Bator

Después de esta visita de cortesía nos llevan a la oficina de la agencia para saldar cuentas. Esto nos lleva algo de tiempo ya que no podemos pagar con tarjeta ni tampoco en euros, ni siquiera en moneda local, solo en dólares; esto supone una peregrinación por los bancos de Ulan Bator para sacar/convertir desde tarjetas diferentes y monedas diferentes a dólares. Al final conseguimos dejar el tema resuelto.

Nos toca ahora una aproximación rápida al centro de la ciudad. Nos llevan a la plaza principal, presidida por la estatua de Sukhbaatar, el héroe nacional mongol, artífice de la independencia de su país en 1911, que en ese momento estaba en manos de Manchuria.

En esta plaza está también el parlamento, con una estatua de Genghis Khan, el omnipresente Genghis Khan, fundador del imperio mongol allá por el siglo XIII y que actualmente da nombre a todo, aeropuerto incluido.

Murales en Ulan Bator

Ulan Bator

Ulan Bator

El temible Genghis Khan

Vista la plaza nos llevan al monasterio Gandantegchenling, que alberga la estatua de Buda más grande de Mongolia, de 26 metros. Para salir del templo hay que hacerlo andando hacia atrás ya que supone una gran descortesía darle la espalda a Buda o a cualquiera de los dioses. Tanto dentro como fuera del monasterio hay unos cilindros con oraciones que hay que hacer girar para que esas oraciones “se recen”; desde mi ateísmo profundo y mi gran sentido práctico me parece mucho más pragmático que lo de pasar el rosario.

Finalizada la visita, toca la comida. Flipamos cuando nos llevan a comer a una hamburguesería. Una de las furgonetas ha salido para allá mientras acabábamos la visita al monasterio y nos apelotonamos todos en la otra (el primero llama diciendo que hay un caos circulatorio tremendo y que no consigue volver) para ir para allá. El chófer ha estado haciendo cola por nosotros y la guía nos pregunta uno por uno qué queremos y después nos lo trae, como si fuéramos señores.

Toca dejar atrás Ulan Bator y empezar la exploración de la Mongolia profunda, que no tiene nada que ver ni con su capital ni con nada conocido hasta el momento. Justo al salir de la ciudad todo cambia radicalmente: se acaba lo que el diccionario define como carretera y empezamos a avanzar campo a través, seguiendo, a ratos, pistas de tierra (¿o son simplemente las marcas las ruedas de los que han pasado antes?) que se cruzan, se desdoblan, aparecen y desaparecen sin aparente sentido, entre un paisaje de montañas redondeadas. Mi intuición es que debemos avanzar hacia algún punto cardinal determinado pero sin seguir ningún camino definido: ¡error! En medio de lo que yo considero “la nada” aparece una gasolinera: ¡entonces “eso” debe ser una carretera! Cada cierto tiempo vamos atravesando pueblos con apariencia de pueblos fantasma, destartaladísimos, pero con negocios que abren las 24 horas.

Stupa en Ulan Bator

Coche fúnebre

Ha estado lloviendo –nos han dicho que llegar a Mongolia lloviendo es señal de buena suerte- y esto hace que derrapemos varias veces en el barro, que tengamos que buscar “carreteras” alternativas y que acabemos perdidos en medio de la nada y, encima, cada furgoneta por un lado. Solucionar este pequeño contratiempo (que no será el último sino algo habitual) nos lleva algo de tiempo. Supuestamente teníamos 7 u 8 horas por delante para hacer un trayecto de 300 km. pero allí las cosas siempre son “depending on the road”; yo había interpretado que era según el tráfico, ¡inocente de mi! Después comprendí que literalmente dependía de si la “road” existía o había que inventársela y de la habilidad de los conductores para inventarla. Al final el trayecto lo debimos hacer en unas 10 horas.

De lo que había previsto ver hoy, al final, nada de nada. La verdad es que ya es noche cerrada y, viendo la incapacidad para seguir el camino correcto con luz, dudamos de que vayamos a encontrar el sitio ahora. Vamos a dormir a un campamento de gers, las tiendas típicas mongolas; imaginamos algo auténtico, donde nos tiraremos todos a dormir en el suelo con los sacos. Cuando al fin conseguimos llegar comprobamos lo equivocados que estábamos: ¡esto es un resort en toda regla! Está muy bien, demasiado para nuestro estilo. Dormimos en gers, sí, pero con camas con sus edredones, además de haber instalaciones sanitarias tales como váters de taza (algo que llevábamos tiempo sin ver) y con papel, jabón líquido (una rareza en Asia, dichosa pastillita pringosa y guarra) e incluso secamanos y duchas, por supuesto, algo con lo que no contábamos.

Cenamos que es tardísimo y después de una ducha con una presión ridícula y una temperatura no demasiado agradable (no es oro todo lo que reluce, los listos que se ducharon por la mañana parece que tuvieron más suerte) nos vamos a dormir que llevamos una buena paliza.

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